Lo paradójico de los religiosos, por no decir lo más insultante, es que quieren comerte la cabeza con sus paranoias, que abraces su fe, que te colmes de paciencia ante sus plegarias interminables, que te ajustes su cilicio o que formes parte de su grey, pero se les enaltecen los ánimos cuando, sopesando sus pesquisas, cuestionas -no digamos ya si lo niegas- al dios que les han metido en la cabeza y que defienden con fuerte síndrome de Estocolmo; y da igual el dios que sea, cada cual tiene el suyo pero les une la reacción.

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